sábado, 24 de marzo de 2012

Sobre como aprendí sobre la bondad ( o La bondad de mi padre)

Comenzaré a contar algunas de las cosas que tengo muy presente en mi cabeza, es algo que me llena de orgullo comentar, es una anécdota de mi infancia.
Era regular en mi familia salir a viajar, una de esas tantas veces fuimos en autobús a la ciudad de Querétaro (mi infancia la viví en Gto), no contaré que hicimos en esa ocasión pues no lo recuerdo, pero seguramente fue un buen viaje, regularmente visitábamos plazas comerciales, íbamos al cine comíamos en algún buen lugar, eran buenos tiempos, pasar tiempo con tu familia siempre es buen tiempo y para mí viajar siempre era un placer, sobre todo cuando visitábamos otras ciudades.

Pero bueno, mi historia no es sobre esa visita, es sobre el camino de regreso, como anteriormente comenté fue en autobús, así que fuimos a la Terminal de autobuses de Qro, campramos una bebida para cada quien, abordamos el camión, este salió de ahí y emprendimos el camino de regreso a Gto, el viaje siempre es por la carretera federal no 57, está demás decir qué no era un buen tiempo para el país, (desde que tengo recuerdo nunca he escuchado que sean buenos tiempos para el país) desde hacía poco tiempo había un puesto de revisión justo antes de salir del estado sobre la carretera que ya mencioné. En este puesto de revisión detenían desde vehículos particulares hasta camiones de comercio terrestre, es decir que ningún vehículo se salvaba si es qué se vía sospechoso. Los autobuses de pasajeros aleatoriamente eran detenidos también, esa vez fue así, nos detuvieron, un contingente de varios soldados, subió al autobús, había muchos lugares libres, mi madre y mi hermana iban juntas, al igual que yo y mi padre. Preguntaron nombres y propósitos de viaje, yo no me había dado cuenta, un chavo de unos 16 años (yo en ese tiempo tenía entre 10 y 12 años) iba sentado solo uno cuantos lugares atrás, este fue abordado por los soldados y uno de ellos le empezó a gritar pues no tenía identificación ni iba acompañado, la escena duró varios minutos, hasta que él empezó a llorar y los soldados decidieron que era suficiente y lo dejaron en paz.

El autobús arrancó y seguimos el camino y el llanto se escuchaba en todos lados. Nadie hacía nada, entonces mi padre se paró fue hasta el lugar que estaba desocupado al lado de este niño, y platicó brevemente con él. Regresó conmigo y me dijo que le diera el refresco que habíamos comprado antes, y se lo dio, escuche como le comentaba que ya no había más puestos de revisión que estuviera tranquilo, que si nos volvían a detener él iba decir que era su tío y que viajaban juntos, que ya no lo molestarían que ya no le gritarían, que el camino iba ser tranquilo y que el estaría seguro. Siendo sincero me pareció raro, nadie había hecho nada, a nadie le importó la tristeza, desesperación, el miedo o demás sentimientos de este chico, pero a mi padre sí. En ese momento entendí que hacer cosas por alguien que no conoces está bien, bueno, no solo está bien, es necesario, somos muchos y todos tenemos problemas y todos tenemos un poco de tiempo para hacer algo por alguna otra persona.

Ese día aprendí algo muy importante, algo que se me quedó grabado hasta ahora, algo que mi padre me enseñó con el ejemplo, algo que no aprendes en la escuela, esto que es tan importante y tan difícil de ilustrar, que solo lo puedes entender cuando pasa, comprendí la importancia de extenderle la mano a un desconocido, cuando este lo necesita.

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